
¿Por qué en la medida en que crecemos, vamos perdiendo paulatinamente algo tan maravilloso como la imaginación?
Días pasados, en la casa de mi suegra, Elisa y Javier, número 5 y número 6, respectivamente de mi "tribu", jugaban con su prima.
Elisa y Morita, así se llama, tienen 4 años, y Javier está por cumplir 3.
De repente, aparecieron desde el fondo de la casa, cargados de juguetes, caminando muy formalmente. Muy serios los tres.
"¿Dónde estaban?", preguntó mi suegra.
La respuesta de Elisa fue la frase que usé como título de la nota: "Nos fuimos a París, pero estaba cerrado".
Más allá de que resulta graciosa porque la dice una chiquita de 4 años, la frase parece tener el encanto y la magia de esas cosas que nacen de la imaginación pura y que pueden ser lo que uno quiere que sean.
Inmediatamente, Elisa, Javier y su prima Morita, "recién llegados de París, que estaba cerrado", cambiaron como mágicamente de situación, y Javier y Morita se transformaron, sin mucho esfuerzo, en "el perrito" y "la perrita" de Elisa.
Era la imaginación que les permitía jugar y ser felices en sus diferentes mundos imaginarios.
¿Por qué perdemos esa capacidad de imaginar cuando vamos creciendo?.
Supongo que una respuesta, de las tantas que debe haber, es que, si bien nuestros "talentos creativos" adquieren con el paso del tiempo características diferentes de esa imaginación infantil, tan inocente, tan pura, pero tan fascinante, están como demasiado orientados a "servir para algo".
Una suerte de "utilitarismo" propio de la madurez, hace que, en la medida en que crecemos, busquemos que nuestra imaginación nos permita desarrollar cosas que tengan alguna utilidad o les asignemos algún valor concreto.
¿No parece un poco triste?.
Adquirimos de chicos casi espontáneamente ese don maravilloso que es la imaginación, y luego dejamos que poco a poco vaya desapareciendo o sea remplazado por una especie de "imaginación adulta", más parecida a un "skill profesional" que a la capacidad de soñar.
Obviamente me quedé pensando sobre esto un rato largo y se me ocurrió una razón para todo esto que, por ser demasiado simple, ni siquiera sirve para hacer una teoría.
¿No será que la propia sociedad le impone al que va creciendo la obligación de ir "perdiendo" las características que se consideran propias de un niño y reemplazarlas por su "equivalente adulto"...?.
Hay varias cosas que me llevaron a pensar en esta posibilidad, pero sobre todo tres cosas puntuales.
La primera es que, así como los chicos realmente "se meten" en el mundo de los personajes, cuando uno se sienta a leerles "La cenicienta", "La bella durmiente", "Los tres chanchitos", "Caperucita roja", o cualquier cuento infantil clásico, a los más grandes nos pasa lo mismo.
Seguramente con historias como "Las aventuras de Tom Sawyer" o con la serie de "Los Hollister", cuando somos adolescentes, pero también con las novelas o los cuentos de Wilbur Smith, de Edgar Allan Poe, de James Chase, de John Grisham, o del polémico Dan Brown, cuando somos adultos.
No hay grandes diferencias en lo que es esa forma de "meterse" en la historia y ser parte de ella.
Y eso es imaginación.
La segunda es la tendencia que existe a ridiculizar a aquel que por un motivo u otro, se entiende que "quiere aparentar que es más joven".
No refiero a las típicas críticas a la forma de vestirse, que suele ser la primera manifestación de ese ataque, sino más bien a la crítica a la actitud de quienes son "acusados" se "hacerse los jóvenes".
Hay muchas y muy diferentes teorías en las que se basan los acusadores, que van desde "la crisis de los 40", hasta "el síndrome de Peter Pan".
No consideran la posibilidad de que esa "actitud más joven" no sea otra cosa que el haber evitado dejar atrofiar esos dones maravillosos que adquirimos en la niñez y que luego vamos dejando de lado por una imposición del contexto.
La tercera es esa mezcla de admiración, envidia y nostalgia que genera una respuesta como la de Elisa en la situación que describí al principio.
Nos admiramos de esa salida "casi poética" que solo puede tener un chico (o un poeta...), nos gustaría poder ser tan lúcidos como para dar una respuesta así en una situación similar, y añoramos aquellas épocas en que actuábamos de ese modo.
Sin querer y hasta sin darnos cuenta, "nos duele" haber perdido la imaginación y la capacidad de soñar que teníamos de chicos.
Vuelvo entonces a la pregunta con abrí este post: ¿Por qué en la medida en que crecemos, vamos perdiendo paulatinamente algo tan maravilloso como la imaginación?.
¿Será que nos lo impone la sociedad?.
Vale la pena pensarlo.
Sería genial poder ir también nosotros a París, y volver "porque estaba cerrado"...